Esto Ocurrió

Pepín Vázquez y su paquete de cigarrillos Goya

Por N.H. José de Cristóbal González

Conocí a Pepín en mis primeros días de hermandad allá por el año 1976, sentado en la mesa llamada de mayordomía, la última en la nave alta de la capilla que ahora ocupa la priostía, haciendo apuntes en un libro de “caja” y fumando un cigarro de la marca “Goya”.

Era “antiguo” hasta para fumar.

A eso se le llama tener personalidad (primera y única corbata verde de capataz, pero verde por Vera Cruz, por nada más) y lo demás era cuento.

Continuando con su tabaco, de esa marca yo sabía por ver los paquetes en estancos y kioscos, pero no conocía a nadie que se atreviera con ellos.

A los costaleros en aquellos primeros años de la cuadrilla, Rafael Cruz el dueño del estanco de la calle Baños, nos obsequiaba el día de la salida con unos cartones de tabaco que se recogían el lunes santo por la mañana.

Eran tres cartones. Uno de Fortuna, otro de Ducados y otro de Goya. Los dos primeros se acababan antes de llegar a la catedral entre lo que se fumaba y lo que algunos se escondían debajo de la faja.

El de paquetes de Goya se recogía el martes santo por la mañana de debajo del paso “casi entero”.

Solía decir mi suegro, Antonio Soto, que la mejor pareja de mayordomos que él había conocido era la formada por Miguel González y Pepín Vázquez. Uno buscando dinero y el otro (Pepín) administrándolo.

En cuestiones de administrar el dinero de la hermandad, lo bordaba.

Lo volvió a demostrar junto a su gran amigo (yo diría que como un hermano) Javier Fal-Conde, en el proyecto de la casa-hermandad donde trabajaron codo con codo. Uno con sus ideas y genialidades y, el otro administrando.

Pero hay otras facetas de Pepín a las que quiero hacer referencia y que tienen que ver más con su lado humano.

Cuando se forma la primera cuadrilla de hermanos costaleros de la hermandad impulsada por Javier Fal-Conde, había como era lógico por los años que corrían y por la edad de sus integrantes, muchas reticencias en la Junta de Oficiales empezando por el que era Hermano Mayor, Aníbal Márquez.

Esas dudas y recelos no se resolvían a pesar del expreso apoyo de Javier Fal-Conde y el del capataz de la hermandad, Rafael Franco, que apoyaban sin fisuras el proyecto.

El entonces Diputado de Juventud, Pepe Carbonell, tomó la bandera dentro de la junta y también apoyó la creación de esa cuadrilla.

Pero hacía falta el apoyo de “pesos pesados”, de voces críticas a las que por su experiencia en el gobierno histórico de la hermandad, se les solía escuchar.

Y ahí apareció la figura de Pepín Vázquez apoyando sin fisuras a los jóvenes. Él los conocía porque había hecho los primeros ensayos debajo del paso en las mismas trabajaderas.

Y por ello, por su experiencia, porque era una voz autorizada y porque conocía el proyecto de primera mano, se llevó el gato al agua junto con Pepe Carbonell y el propio Antonio Soto.

Siempre estuvo al lado de la juventud de la hermandad y ahí quedó demostrado.

Después está todo lo demás. Su colaboración en todo lo que se le pedía. Lo mismo se pasaba noches y noches sellando lotería, que dibujando la orla del boletín o las cartelas de las estaciones del vía crucis que hay en la capilla, que construyendo un Belén completo para regarlo a su hermandad, que aceptando ir en una Junta de Oficiales junto a Kiko Berjano para construir un proyecto de futuro a pesar de su edad y de todo su recorrido, con la misma ilusión que cualquiera de sus compañeros a los que doblaba en edad. Y si no que hablen con Antonio Ortiz.

En Vera Cruz hay hermanos que por sí solo son capaces de definirla sin necesidad de hablar con ellos. Solo con su actitud se puede decir “este es de la Vera Cruz”. Pepín estaba en ese grupo.

Pepín ya está disfrutando con todos esos con los que compartía el sello “soy de la veracruz” en su corazón de la “tertulia celestial de la Pajarita”.

Diciéndole a su hermano Javier Fal-Conde que está “loco” por alguno de los proyectos que le proponía. Discrepando de su hermano Paco Galindo por su particular historia con altas y bajas de hermano. Discutiéndole a su hermano Antonio Soto por cual debía ser el escudo de la hermandad, si el viejo o el nuevo. Negociando con Antonio “el cabeza” que era nuestro florista un aplazamiento en el pago de la última factura. Llamando por teléfono de su hermano Antonio Núñez para que le hiciera un préstamo a la caja de la mayordomía, pero “por poco tiempo”.

Lo mismo te “enfurruñaba” la cara que te ponía la sonrisa “picarona”.

En fín, que había que quererlo y que lo vamos a echar de menos.

D.E.P un crucero de verdad. Un viejo rokero.

José de Cristóbal