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El niño de la calle Baños

Había un niño dando sus primeros pasos en plena calle Baños. Sabía perfectamente lo que quería ser, hacer y estar. Un Domingo de Ramos por la noche llegaba al mundo. Su madre se encontraba viendo a la Amargura en la plaza del Duque y se puso de parto. Era una fecha señalada y la vida le depararía una historia de principio a fin, muestra inequívoca de que las casualidades no existen. Su familia vivía allí, cada uno en una planta. Incluso hasta mantenían una carnicería en esta zona.

Comenzó a estudiar justo al lado de su casa, en aquel extinto colegio Nuevo Liceo de la calle Teodosio, recordado hoy en una placa que así lo refleja en el edificio que hoy día son viviendas. Su vida estaba en un triángulo de apenas 100 metros: su casa, el centro educativo y la Vera Cruz. Sus amigos, esos alumnos que iban cada día a clase formaron una generación que dio mucho que hablar en la hermandad. Todos se apuntaron y desde muy jóvenes comenzaron a tener obligaciones porque la mejor manera de que aprendieran era sintiéndose responsables.

Creció y con una edad temprana, aún siendo menor de edad, ya comenzaba a meterse debajo de los pasos en la Semana Santa. Antes incluso, en los años setenta, crearon la cruz de mayo en la transición de los profesionales con los hermanos costaleros. Los mayores no vieron bien la idea hasta que esa juventud lograron hacerlo. Querían aprender para sacar a sus titulares en la tarde del Lunes Santo con un señor paso.

Uno de esos jóvenes fue uno de los fundadores de la primera cuadrilla de costaleros del Cristo de la Vera Cruz, también en el Cristo del Amor, donde sin relevos sacaba al Señor de la Sagrada Entrada en Jerusalén y al entrar, salía del paso para meterse en el crucificado de Juan Mesa. Era otra época, si sufrían no podían quejarse. Tampoco salía de las andas del misterio de la Carretería. Años más tarde entra en San Buenaventura. Sin conocerlo parecía que no era capaz de llevar un zanco por su delgadez, pero logró ser uno de los grandes costaleros que dio Sevilla. No faltaba su bigote, pelos largos, la riñonera donde guardaba el paquete de tabaco. Cada vez que salía del paso el costal lo retiraba de su cabeza y lo llevaba debajo del brazo. A su hijo lo llevó catorce año detrás y le decía: «A ver si eres capaz de agacharte». Continuó creciendo hasta que un tal Manuel lo sacó debajo de los pasos para ponerlo delante. Ahí comenzó a ser capataz. Lo compaginaba con el costal porque durante casi cuarenta años portaba el zanco izquierdo del misterio de la Bofetá, hasta 2009. Su última vez era cuando el paso estaba en la esquina de Conde de Barajas con Jesús del Gran Poder. No le hizo caso al capataz y subido a un lomo, como así se denomina en este mundo, aguantó varias marchas. Una despedida de época. Ahí alcanzó la retirada diciendo «todavía tengo que enseñar a mucha gente». No le tenía miedo a nada, quería más y más, un ejemplo de superación como tantas cosas que hizo de este modo en la vida.

Guadalupe, San Buenaventura y por primera vez es titular de un paso, el Nazareno de las Siete Palabras. Se encontraba montando el palio de la Vera Cruz. Abandonó un rato la capilla y volvió con una sonrisa de oreja a oreja. Apenas faltaban 15 días para el Domingo de Ramos. Así continuó hasta sacar a la Soledad de Aznalcóllar, la Soledad de Castilleja, la Virgen del Rosario, el Corpus de San Vicente y la Virgen de las Tristezas. En el primero de ellos hacía la ‘mudá’ en San Buenaventura en la mañana del Sábado Santo y un autocar recogía a todos para ir al pueblo. Era un día de despeje. Paseó a la Soledad de Castilleja, culminando con esa coronación única, pero el momento especial llegaría cuando es nombrado como capataz de su Virgen. Pasó de ir de segundo del Cristo al palio, teniendo la difícil tarea de formar una cuadrilla y sacar el paso dos años seguidos desde Santa Rosalía, y lo logró. Él nació un día antes de salir la dolorosa por primera vez justo a su lado, y se fue siendo el capataz, y ahí seguirá, descansando en su casa porque ha vuelto a su barrio para quedarse para siempre. Ser capataz le permitió sacar a su otra gran devoción, Madre de Dios del Rosario, del que ocupó varios cargos también en la junta de gobierno durante tantos años.

Ese joven, del que aprendió de Cortés, incluso ambos subían sin seguridad por los rincones del retablo mayor para hacer cualquier tarea, no tenían miedo a nada, hizo lo mismo con ese grupo de chavales al que unió y donde todos ellos han pasado y siguen siendo la referencia de la priostía de la Vera Cruz. A todos los sentaba, les preguntaba ¿Qué hacemos? ¿Seguimos? ¿Cómo queréis montar el altar? ¿Cómo preparamos esto? Quería hacer sentir responsable a todo el mundo y todos participaran, la mejor manera de enganchar a la gente. Recogía a los más pequeños del colegio, apenas dormía porque quería disfrutar con los suyos. Le daba igual porque sabía que cuando saliera el sol iba a trabajar sin que el cansancio se notara.

Engañaba a todo el mundo de manera cariñosa para que estuviesen a su lado, como aquello dos niños que una vez estaban en un ensayo en San Buenaventura en el paseo Marqués de Contadero. No tenían más de doce años. Cuando él los vio a uno le preguntó: ¿Has visto alguna vez montar un palio? A lo que el niño contestó: No. En ese instante dijo: «Mañana voy por ti y te enseño». Desde entonces ese niño, tras tanto tiempo, sigue en la hermandad, llegando a convertir que fuese la suya. Un claro ejemplo de miles de lo que era capaz de hacer con todo el mundo. Hacía trabajar a la gente, pero no faltaba el cachondeo, los guisos de los sábados, el buscar un bar a las 4 de la mañana con todos cansados aunque él quería premiar a la gente por todo lo logrado. No dejaba a nadie solo en los peores y mejores momentos. Ofrecía todo por no ver sufrir a su gente.

Le daba igual no descansar, ya sea cuando iba a la instaladora Moderna de electricidad de Sagasta, cuando iba a todas partes con Jesús Quintero o tenía que estar en Escuelas Pías o en la Feria para montar su caseta, la mejor de todas, porque tenía que dotarla de la mayor calidad posible y que no le faltara un detalle. Todo tenía que salir perfecto en cada cosa que hacía.

Eso lo hacía en los montajes o cuando quería organizar algo. A esos jóvenes les propuso sacar la cruz de mayo una vez más, pero a su vez instaló la última verbena celebrada hasta el momento en la Plaza de la Concordia. Eran días de no parar, pero logró llenar ambas cosas, llevar artistas de primer nivel y hacer feliz a la gente. Podía llamar a los suyos cada día 10 0 15 veces porque hasta que no se hiciera lo que pedía no paraba. Era incansable, trabajador como nadie, un artista, un manitas. Le pegaba a todos los palos. No dejaba a nadie comer hasta que no acabara la faena porque decía que entonces la gente se relajaba.

Buscaba soluciones a los problemas cuando surgían, apagaba fuegos al minuto. Lo que hizo Manuel con él, luego lo hizo con ese niño hasta el último día. Absolutamente todo. Marcó muchas tradiciones con su familia, con su gente, de las que quedan en intimidad y continuarán haciendo los que más le querían.

Un 14 de abril nació una ilusión. Su madre fue la Virgen de las Tristezas, que esperó a que llegara para salir en la Semana Santa. Un Miércoles de Ceniza le llamó para cuidarlo, necesitaba descansar después de haberle cuidado él tanto tiempo. Ahora todo lo va a controlar desde su casa, no dejará a nadie que se relaje porque entonces volverá y echará la bronca a los suyos. Así era, es y será Luis, el padre que todo el mundo quisiera tener.

Manuel Jesús Rodríguez Rechi.