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Cuando Ella se giró a mirarme

trasera palio     «¿Quién es? La hermandad de la Vera Cruz, que vuelve a su templo.
 
Y el portón, antes de metal pesado y verde crucero, ahora de madera noble, se abría de par en par. Y con la cruz de cada uno, siguiéndole, los penitentes avanzaban y el claqueteo de las cruces que vuelven a descansar tras, a los hombros de cada uno de los penitentes, haber cumplido con su cometido.
 
Pero yo nada de esto lo viví.

Y las primeras llamas llegaron al portal verde, solo veinticuatro, numero añejo de esos caballeros que una vez rigieron la ciudad. Caballeros que escoltan cada año al Señor del Tiempo.
 
Pero yo nada de esto vi.
 
Y las saetas, y el Señor enterrado entre lirios, y el silencio sepulcral, y la llamada corta, los cuerpos a tierra y la mecía muy suave. Solo los cuatro hachones, y esos dos candelabros que los angeles aguantan en sus manos, para mostrarle al pueblo que la salvación está en la Vera Cruz. Y tras ello atestiguando, tantas almas reunidas, de tantos lugares distintos, con la misma devoción vestida de distintos colores.
 
Pero yo nada de esto sentí.
 
Y la cera volvió a llenar la calle, al cuadril, sin mirar hacia atrás, y un rio de fuego llena poco a poco el pequeño patio interior de capilla, mientras los altos capirotes de ruan se van perdiendo entre las sombras de esa pequeña capilla a oscuras, mientras la razón de nuestra devoción, escoltada de cuatro faroles, recibe las últimas muestras de fe.
 
Pero yo esa fe no pude contemplar.
 
Pero si pude contemplar, andando siempre tras su manto, con una pértiga en la mano, y ordenando a esos jóvenes que están en ese punto en el que son tan mayores, y a la vez aun tan pequeños, y a esos mayores que su fe sigue siendo tan joven como siempre, como ella avanzaba con su paso firme, desbordando esa dulzura de un corazón roto y una tristeza irremediable.
 
Pude sentir ese hormigueo en la nuca cuando, tras quedar encajada en la puerta, de cara a la capilla, quedaba solamente ese cortejo que muchas veces pasa desapercibido, el del preste, esperando a las puertas, esperando a que su Madre hiciese lo que tuviese que hacer, acompañándola hasta el final.
Pude ver como ella, despacio y sin prisas, giraba hacia el pueblo en el pequeño patio que antecede a la capilla, donde todos los hermanos, aun cubiertos, esperan ansiosos para reencontrarse con ella.
 
Y pude vivir un momento en el que, al mirarnos, me sentí solo ante ella, sentí como todo en mí se removía de tal manera, que me quedé petrificado por un momento, contemplándola a toda ella, su hermosura, su humildad, su dulzura. Toda ella me traspasó por un momento, sintiendo que ella siempre tendría esa mirada encima de mí.
 
Todo esto sentí un Lunes Santo, cuando todo terminaba en la calle Jesús de la Vera+Cruz y Ella se giró a mirarme.»
 
NHD. Francisco Javier De Vicente Cotán
Publicado en el blog «La Butaca del Herodes» el 29/11/2016