senoracofradeLa sonrisa de una señora cofrade.

El pasado día 17 de Agosto –que mes más fatídico, Rafael Aragón, Diego Luna, Antonio Soto..- nos dejó de una forma repentina y sin avisar nuestra hermana Carmen Navarro De la Villa.

Los que tuvimos la suerte de conocerla y poder convivir con ella hermosos ratos en nuestra hermandad como compañera de Junta de Oficiales o sencillamente en sus continuas apariciones por la misma – hubo momentos en que pasaba mas tiempo en la hermandad sirviendo al resto de los hermanos que en su propia casa- podemos decir de forma unánime que la parte cofrade de nuestro alma , la parte del corazón que siente y quiere a las personas, la parte de los sentimientos que se va persiguiendo a los amigos con el mismo anhelo que un niño corre detrás de un pajarito, nuestro ser en definitiva, se paró y lloró ante la misma sonrisa de una auténtica señora cofrade cuando nos enteramos ese caluroso día de la trágica noticia en ese mes de la desgracia para nuestra hermandad.

Podría contar muchas anécdotas que tuve la suerte de vivir junto a ella, pero me quedo con su coraje y agallas para llevar adelante en la Sevilla “kofrade” de mediados de los ochenta su decisión por ser la primera mujer que ocupó una oficialía en una junta de una hermandad de penitencia en Sevilla.

Y ahí recuerdo su primera salida, sin túnica ni antifaz, en la procesión del Corpus, donde todavía no salían las mujeres en representación con las hermandades, y ella como miembro de junta con su traje oscuro protocolario, su cirio verde, su porte señorial y su orgullo de sentirse mujer plena de satisfacción y derechos, se paseó ante la mirada de los sevillanos/as más aviesos con la cabeza levantada y diciendo aquí estoy yo y conmigo mi Hermandad de la Vera Cruz.

En su primera Junta de Oficiales, siendo Hermano Mayor Emilio Morejón, la gran mayoría de los oficiales éramos jóvenes muy jóvenes. Con mucha ilusión y poca experiencia. Carmen en todo momento se alineó con nosotros y se integró como una más a pesar de la diferencia de edad. Nos llamaba de forma cariñosa “los niños” y participaba la primera de todas nuestras inquietudes y alguna que otra travesura.

Se crio y educó en un ambiente sevillano y cofrade. Permanentemente nos recordaba su devoción por los sagrados titulares de su hermandad de los Gitanos de la que era muy antigua. También como de pequeña siempre les decía a sus padres y hermanos que le gustaría ser niño solo para salir de nazareno, ya que cuando los veía salir con sus túnicas la madrugada del jueves santo, se moría de envidia. En algún momento mató ese gusanillo, pero de esto no hablo porque cuando lea este artículo con los cruceros que la habrán recibido de brazos abiertos en las tertulias de La Pajarita celestial, se puede molestar y no es mi intención.

Quiso que no le faltasen flores en sus altares a nuestros titulares y encabezó una iniciativa para crear un grupo de donantes voluntarios a los que ella misma se encargaba de recoger sus aportaciones apuntándolas debidamente en la libreta que siempre llevaba en el bolso.

En sus últimos momentos en la hermandad ya muy castigada su vista (que gran daño te hizo) y su oído, todavía tuvo ánimos para formar parte activa del Grupo de Oración Permanente, y echar así no solo un rato ante el Santísimo, sino también ante sus devociones cruceras.

Jamás le faltó un piropo para nuestros hijos, a los que fue viendo primero como llegaban a este mundo y a su hermandad y después como crecían en la misma.

Que gran mujer, que gran señora, que gran cristiana, que gran cofrade y que gran sonrisa. Descanse en paz y en la compañía del Santísimo Cristo de la Vera Cruz, que como bien dijo el hermano mayor en su funeral, es Salud en los Gitanos. Un beso.

José de Cristóbal González

Teniente Hermano Mayor

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