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Comentario al Evangelio del Domingo XIV del tiempo ordinario

Mucho más que la simple anécdota de presentar a Jesús volviendo a Nazaret, su pueblo (pues allí se ha criado), el evangelio de hoy es un examen de fe. ¿Apreciamos la gracia de Dios, su huella, en las personas próximas que conocemos? ¿Podemos aceptar que Dios nos hable y nos guíe a través de aquellos con los que mantenemos una relación más próxima? ¿O, por el contrario, eso nos resulta difícil? Cuando Jesús visita Nazaret, después de haber recorrido la Galilea predicando el evangelio, allí es el hijo del carpintero, de María, se conocen a sus familiares más cercanos. Y entonces de sus paisanos surge esta pregunta, que denota claramente falta de fe en su persona: ¿de dónde le viene lo que dice y lo que hace?
Jesús no ha estudiado para rabino, pero precisamente la autoridad de un profeta no se explica institucionalmente, sino que se reconoce en que tiene el Espíritu de Dios. La sabiduría no se aprende, no se enseña, sino que se vive y se trasmite como experiencia de vida. Y esa experiencia de vida, en Jesus, es la vida del mismo Dios. Luego una sabiduría profética que viene del miso Dios. Nazaret, y muchos en Israel, rechazarán a Jesús, y por tanto rechazarán a Dios. ¿Haremos nosotros los mismo?
Jesús sigue siendo el hijo del carpintero y de María, pero tiene el espíritu de los profetas. Efectivamente los profetas son llamados de entre el pueblo sencillo, están arrancados de sus casas, de sus oficios normales y de pronto ven que su vida debe llevar otro camino. Los suyos, los más cercanos, ni siquiera a veces los reconocen. Todo ha cambiado para ellos hasta el punto de que la misión para la que son elegidos es la más difícil que uno se pueda imaginar. Jesús es el profeta del reino de Dios que llega a la gente que lo anhelaba. En esto Jesús, como profeta, se estaba jugando su vida como los profetas del Antiguo Testamento. Pero este que se juega la vida es el Hijo de Dios.
Podemos concluir del evangelio de hoy que Dios nos llama y nos habla, muchas veces, a través de lo familiar, lo cercano. Su voz, la de Jesucristo, está más próxima de lo que pensamos. Estemos atentos para escucharla.
Queridos hermanos, Paz y Bien.
Marcelino Manzano Vilches, pbro.
Director Espiritual